No te pedí que aparecieras.
No te pedí que te presentaras.
No te pedí que me sonrieras, ni que me miraras.
No te pedí que me hicieras pensar en ti.
Ni que más tarde me hicieras sonrojarme.
Tampoco que me hicieras echarte de menos.
Tampoco te pedí sonrisas ni risas en clase.
No pedí que jugaras conmigo, a lo típico de ahora sí, y ahora no.
No te pedí que me pusieras en brazo por los hombros, ni los susurros, ni las dobles intenciones de tus palabras.
Ni mucho menos te pedí mentiras, ni escondites, ni miradas falsas.
No te pedí que me engañaras ni que te escondieses de mí.
Tampoco te pedí ni te exigí una explicación por ello, ni te pedí que me hicieras llorar.
Ni siquiera te pedí que te hicieras quererte, que te hicieras amar.
Así que, si ahora te pido que te vayas, deberías hacerme un poco de caso.
Porque es la única cosa que te he pedido y te voy a pedir en toda mi vida.
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